Llego a casa después de clase y corro a mi húmeda caverna presidida por el ordenador. Compruebo las descargas, los foros, las bitácoras. Aparece mi señora madre. Entra animada y frotándose las manos en busca del calor que siempre huye de sus extremidades.

¿Ya estás en casa? Qué pronto. Vaya frío que hace ¿eh? ¿Allí estaba igual? La tele da nieve a partir de los 600 metros, seguro que se cubren los picos de por aquí cerca...

Asiento con la cabeza, la primera vez. Luego son vagos movimientos, y ni eso. Contesto con algún monosílabo gruñido más que articulado.

... tu tía dice que en Galicia están igual, con unas tormentas y un viento que parece que se va a acabar el mundo...

Escucho el aluvión sin reaccionar. Soy más consciente del tenue susurro de sus manos, una contra otra retorciéndose siempre como si quisiera dominar el mundo, que de lo que dice.

... pues tu padre todavía no ha venido. A ver si no tarda y comemos todos juntos una vez, que andamos cada uno a una hora como si fuéramos forasteros. ¿Has comido algo en clase? ¿Tienes hambre?

El observador atento que me conociera percibiría la discreta tensión en los labios. Me dedico a abrir y cerrar carpetas al azar, sin enterarme de lo que hago, ni de lo que dice, escuchando el insistente susurro de las manos que se frotan.

... cuando te quedes de vacaciones ayudarás a tu padre con las chapuzas de casa ¿eh? A ver si dejamos esto en orden de una vez...

Qué insistencia, pardiez. Venga a frotarse las manos y hablar hablar hablar. Presume de buenos resultados en las tiradas de Consciencia, pero no parece ver que estoy poco predispuesto a la charla.

... trabajar al menos la mitad del día. Y ya lo tengo convencido para que venga Mario a hacernos el mueble, sale mucho más barato que con sus obreros o sus conocidos...

Esta mujer necesita salir de casa. Empiezo a saturarme y se me crispa imperceptiblemente la mano sobre el ratón. Miro de reojo sus ruidosas manos, fantaseando con decirle que deje de hacer eso.

... blablablablablablablabla...

Empiezo a estar malhumorado. ¿A qué pobre anciano he cortado io las manos para que vengan ahora a torturarme cual corazón bajo trampilla? Hago un par de amagos de abrir la boca, pero su torrente es inabordable, imparable... bobadas. Un resquicio de lucidez me avisa de lo cortante y brusco que sería.

... blaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaa blabla, bla blabla blablabla...

Esto es patológico. Estoy respirando pesadamente, con las aletas de la nariz abiertas, dilatadas, ansiosas como flor húmeda de mujer. Jadeo, y me doy cuenta de que si hablara tartamudearía. Tengo cosquilleos, pequeños espasmos cerca de un ojo, como si estuviera comiendo limones.

... blablabla ¿blabla bla blablabla? Bla bla, blabla blaaaa...

El ruido de las manos, incesante, abrumador, empieza a sacarme seriamente de quicio. Siento, como el rojo hijo de Takhisis percibe en sus entrañas el familiar calor que precede a la llamarada que arrasará a esos patéticos solámnicos, una bola de improperios tomar forma, ligadas sus piezas con bilis, poco más arriba de mi estómago. Cuadro la mandíbula y me quedo quieto, muy quieto, en silencio...

Percibe algo, llega la hora de la publicidad en su eterno repertorio, o bien siente el reclamo de sus bucólicos quehaceres. Sea lo que sea, se va, y se lleva el horrible estruendo de frotaciones con ella. No bien se va vuelvo a la calma, aliviado, y prosigo con mis chequeos. Así como Auspex lleva a la fascinación, la mayor sensibilidad sensual y mental que experimento lleva a los arcenes, buscando apreciar todos los tonos del cielo cuando amanece, y al borde de la neurosis. Y todavía no han empezado los exámenes...

[Carcajada histérica].