Me voy, estoy harto de errores, artículos tragados por la Disformidad, comandos que no funcionan y porquerías varias. He destinado mis elucubraciones a un espacio en MyOpera (servicio que recomiendo a cualquiera). Aquí el enlace para actualizar vínculos y realizar visitas:
Así titulaba Terenci Moix una de sus novelas. He de confesar que el difunto Terenci no era santo de mi devoción (salvo esa novela), pero morir de EPOC (*) sin dejar de fumar tiene su encanto.
No quiero hablar de él, ni tampoco de su novela, pero el título me parece uno de los grandes hallazgos de los últimos tiempos porque ¿quién puede negar que la belleza es un amargo don? Sin llegar a ser una semidiosa como Nefertiti, citada por Terenci (genial el momento en que ella se gira y camina "hacia la eternidad", joer dije que no hablaria de la novela) ¿qué es y qué podemos esperar de la belleza?
Dentro de lo que cabe, puedo considerarme afortunada: pertenezco a la cultura occidental, que ha impuesto su canon de belleza al resto del mundo. Es decir, salvando las distancias, tengo más posibilidades de ser Miss Universo que si fuera una inuit, una wolof o una yanomami. ¿Que la última Miss Universo es japonesa? Vale, pero ¿qué clase de japonesa? ¿Acaso Riyo Mori, innegablemente hermosa, es representante de lo corriente entre sus compatriotas?
Pues no; igual que las misses que representan a los países de América Hispana, son tanto más hermosas cuanto más se alejan del prototipo de las nativas de su tierra. Es decir, tienen que acercarse a lo que se espera del canon de belleza del grupo dominante: altas, pelo liso y largo (rara vez se ha premiado a una mujer con el pelo corto o rizado, lo que mola es ondulado) y una determinada proporción entre cintura, pecho y caderas. Proporciones imposibles para determinadas personas.
Las antiguas geisha no llevaban el escote en el pecho, sino dejando al descubierto la nuca y un modesto triángulo de espalda. De estas mujeres se esperaba representaran la seducción y la belleza, así que podemos entender que para esta cultura, la exhibición del busto no era especialmente erótica. Sus vestidos no hacían hincapié en esta característica del cuerpo femenino; en La maldición de la flor dorada, el director de vestuario señalaba que para los vestidos había tenido que inspirarse en la corte del Rey Sol. Los trajes típicos chinos de esa época, no habrían seducido a los espectadores occidentales actuales, ni hubieran permitido a las actrices lucir sus implantes mamarios.
El escote de la geisha basaba la seducción en lo mismo que todo lo demás: las diferencias entre hombre y mujer y la exquisitez de esa zona femenina, ya que la nuca y el triángulo entre ésta y los hombros, es la parte donde se percibe potencia en elhombre y delicadeza en la mujer.
¿Qué es lo natural en este campo? Los científicos no se ponen de acuerdo, pero sospecho que el hecho de que la mayoría de ellos pertenezcan a nuestra cultura, influye en sus conclusiones.
Yo me aventuraría a señalar unas pocas caracerísticas comunes:Ojos grandes y brillantes. Una piel sana. Aspecto juvenil. Dentadura sana (ya sea pintada de negro o afilada, pero completa). Miembros proporcionados al cuerpo.
Otras cosas que nos pueden resultar obvias (unos pechos enormes o la ausencia de vello corporal) no son más que culturales. En las tribus donde las mujeres van con los pechos al aire, estos no tienen carácter erótico. Mientras en las culturas occidentales el afeitarse el vello púbico es obsceno, para chinos y japoneses lo obsceno es mostrarlo. Todo esto es accesorio.
Meditaré en el final para otro post, que me ha quedado muy largo.
CIVIS K
* EPOC: Enfermedad Pulmonar Obstructiva Crónica, producida por el tabaco.
―... de modo que es probable que él también aspire a la Apuesta.
Shinjo Yokatsu miró a los cinco jóvenes. No parecían muy animados por su noticia.
―Pero Yokatsu-sama... ―Akira no supo cómo continuar.
―Sé que habéis hecho méritos para lograr la participación. Él también, y además su posición en el séquito León es buena para nuestro clan. Una demostración pública de buenas relaciones y voluntades irá bien a todos.
Akira enrojecía a medida que su daimyo hablaba, sin poder evitarlo.
―¡Yokatsu-sama, las buenas voluntades y relaciones de mi hermana la llevaron a la muerte mientras me conseguía esta invitación! ¡Todo esto es un circo estúpido si ahora nos quedamos fuera por mantener las apariencias!
El joven samurai sentía las arterias palpitándole en el cuello. Sus cuatro compañeros palidecieron mientras Yokatsu observaba la explosión de Akira. Cuando el Maestro de los Cuatro Vientos volvió a hablar, su voz era menos cordial.
―Shinjo Akira, todos lloramos el accidente de tu hermana. Comprendo que el dolor te haga apasionado y te perdono los desprecios al trabajo de los magistrados y al honor de los testigos. Pero modérate.
―Me disculpo, sama. Vuestra bondad es infinita ―logró mascullar entre dientes, a punto de llorar de ira. Saludó apresuradamente y se marchó de la sala, dejando a sus cuatro compañeros aún más pálidos. Yokatsu los miró, todavía pensativo. Hizo un gesto resignado con las cejas.
―Id con él. Necesita amigos.
Akira estiraba los músculos mientras los otros cuatro observaban, a la sombra del gingko.
―El numerito en la posada... ¿tú crees que...? ―Ide Asuka murmuraba, mirando de soslayo la cicatriz del gunso.
―No ha aprendido a controlarse. Está superado y sí, desea perder el duelo con todas sus fuerzas.
―Pero no lo hará a propósito ―añadió Iuchi Haruo. La otra chica, Ritsuko, guardaba silencio.
―Por supuesto que no. Fue el primero en quedarse mirando cuando los vimos la primera vez, Akira respeta a ese Shinjo... a pesar del numerito.
Ninguno de los cuatro dijo nada más, ya llegaban el adversario de Akira y sus testigos. Sólo minutos después, cuando daban alcance al duelista vencedor, Ritsuko se alarmó al oír el repentino silbido de un acero que se desnuda, y gritó ¡Akira! cuando vio la punta del wakizashi sobresaliendo por su espalda.
*De Hattori Ransetsu.
La poesía es algo íntimo y etéreo, exento de juicios, que despierta una mayor o menor simpatía en el lector. Sin embargo su soporte físico, los versos, sí que se pueden analizar y diseccionar. La forma más común de hacerlo consiste en el acto de escandir, a saber medir el número de sílabas de cada verso. Aunque es un concepto casi ridículo, lo cierto es que determinados patrones dan ritmo y cadencia al poema. También resulta sorprendente estudiar un poema fascinante y descubrir que las cifras encajan.
Bien, el acto de contar sílabas no tiene misterio, sólo hay que fijarse en los posibles diptongos, triptongos e hiatos. Aquí se puede encontrar un repaso sobre esas uniones. Pero además del número de sílabas, hay ciertas excepciones que afectan a la métrica. Ignoro qué sesudos pensadores reglamentaron estas licencias, pero aquí están:
- Si la última palabra del verso es aguda, se añade una sílaba al total.
- Si la última palabra del verso es esdrújula, se resta una sílaba al total.
Esto responde estrictamente a la sonoridad. El énfasis tónico puede dar el suficiente peso a una composición como para alterar el ritmo al margen del número de sílabas. Las palabras llanas, por comunes, abundantes y presupuestas, no suman ni restan.
- Cuando el final de una palabra y el comienzo de otra forman un diptongo, triptongo o hiato, esas dos sílabas de diferentes palabras se contabilizan como una sola. Esto se llama sinalefa. Pudiera parecer retorcido, pero es claro y lógico. Al pronunciar, los diptongos suenan como una única sílaba. De todas formas, la sinalefa se puede romper voluntariamente y hacer que cuenten ambas sílabas. Este recurso se llama dialefa y es un tanto ruin en mi opinión.
Hay algunas licencias más, pero las más habituales y a tener en cuenta son las ya vistas. Ahora hablaré de los haiku.
El haiku es una composición poética tipo de origen japonés e influencias zen. Lo forman tres versos de una métrica exacta, un número de onji, que podríamos traducir aproximadamente como sílabas: 5 en el primer verso, 7 en el segundo y 5 en el tercero. En cuanto a su composición formal, hay algunas convenciones que se deben observar:
- El haiku es contemplativo. Suele describir fenómenos naturales e incluso cotidianos, limitándose a transmitir una imagen, sin acción, juicio ni finalidad. Los verbos deben ser escasos o incluso inexistentes.
- Debe contener una palabra o expresión clave (kigo) que dé al lector una pista clara sobre la estación del año en la que se enmarca la imagen. Por supuesto, no habrá que citar explícitamente el invierno si hablamos de un paisaje nevado, pero de una forma u otra debería saberse en qué época estamos.
- Busca la serenidad e invita a la reflexión. Aparentemente sin sentido, los versos deben invitar al lector a contemplar la imagen en calma y meditación. Un haiku nunca es una verdad taxativa. Carece realmente de sentido universal y es cada persona quien lo completa e integra.
Pero por supuesto, sólo son guías y no severas condiciones sine qua non. La poesía es humo y pupilas azules, o doradas.
Soy CIVIS K. Lo pongo aquí, porque cuando lo ponía abajo, nadie se daba cuenta de que no soy rancio.
No voy a recopiar las normas, pues lo hizo Mr. Rancio ya. Además, creo que se han agotado los conocidos a los que pasárselo... ¡salvo uno! el cual, inocente y virgen, acaba de estrenar su blog. Ya veréis, ya...
Se lo paso a Boba Fett
1. Soy un jedi, como mi padre antes que yo.
2. Si este barco se fuera a pique, me iría al fondo con él. Pero, como todo el mundo sabe, viajo a bordo de El Holandés Errante.
3. No puedo quedarme quieta y mirar. Quiero estar ahí cuando el mundo cambie, es más, quiero hacerlo cambiar. No valgo para escurrir el bulto y esperar que otros hagan cosas mientras critico y agacho la cabeza. Por eso me gusta la política.
4. Soy mujer. Soy feminista.
5. Nemo me impune lacessit.
6. He visitado Faerie, el País de las Hadas. Los dragones existen.
7. En realidad, yo debí sacar Excalibur de la roca. Desgraciadamente, Arturo nació antes.
8. El destino se sienta en la oscura almena; y al abrirse las puertas para recibirme, una voz en ecos sombríos a través de los patios va diciendo una hazaña sin nombre.
Reglas:
-Cada jugador cuenta ocho cosas de sí mismo.
-Además tendrá que escribir las reglas en su blog.
-Por último, seleccionar a sus víctimas.
Eso ha dicho L, y he sido una de las víctimas. Veamos:
1. Soy dual, como la naturaleza de la luz debido a la ineptitud de los físicos y a menudo contradictorio. Me aburren los protocolos, pero la falta de etiqueta tiende a exasperarme. Tengo buen corazón, pero soy un egoísta. Soy fríamente cerebral, pero sensible a la belleza y sentimental. Cástor y Pólux, en fin, en su eterno pulso y alianza.
2. Soy virilmente hirsuto. Aunque en mis años mozos me avergonzaba de ello, nada como una mujer para abrirme los ojos. Ahora no le doy importancia. Aunque suelo ir con la camisa abierta, es por comodidad y descaro.
3. Soy bastante inútil para hablar de mí mismo. Debido a las incoherencias que comentaba en el punto 1 ―una sucinta muestra―, nunca estoy seguro de si tal o cual cualidad me define bien. Sea como sea, sí me tengo en estima. Aunque no me considero una persona especial, soy consciente de que tengo mis puntos.
4. No suelo tener reparos en cantar las virtudes de alguien, sea io mismo, como en el punto 3, a pesar de parecer fanfarrón, sea un amigo o un desconocido. Una vez entablé conversación* con una azafata de un centro comercial sólo por decirle que me parecía guapa.
5. Odio a los idiotas al volante. Me enerva la gente que hace usos exóticos de los intermitentes, o esos otros que adelantan para ponerse delante de ti casi haciéndote frenar.
6. Soy bastante imperturbable. Incluso cuando algo me molesta, no es mi estilo acalorarme. Ejemplo, enlazando con el punto 5: Hace unos días iba conduciendo y se me pegó un camión por detrás. Empezó a lanzarme ráfagas con la luz larga. Miro el retrovisor y veo el carril izquierdo vacío. Si quieres adelantar, adelanta; si no quieres adelantar, mantén la distancia de seguridad, pero no me toques las narices, io no voy a acelerar porque a ti te dé la gana, pensé. (Además iba al límite permitido). Siguió dando luces. Cuando me harté, puse una sonrisilla pícara, reduje marcha y frené un poco, para luego decelerar. Cuán divertido fue ver la exasperación del camionero, oír su pitido, frenar para no chocar cuando al fin me adelantó invadiendo el carril derecho, arrinconándome contra la pared (era un túnel). Ríome io de la fútil ira de los conductores besugos. Además, dicen que soy un cabrón, ¿no?
7. Soy un friki. Adoro la capacidad de sobrevalorar ciertas cosas como una partida de rol, un videojuego, cualquier cosa con una historia brillante que los adultos grises desprecian no pueden asimilar por haber perdido su infancia, su ilusión, o lo que sea. Mi mayor miedo es terminar siendo uno de ellos. Como si de zombies habláramos, espero que alguien me pegue un tiro a tiempo si doy señales de infección.
8. Soy afortunado. He encontrado la aguja en el pajar.
Mis víctimas: El príncipe de Dalnia, CIVIS K, el acechante obsesionado y la del "psikoespacio".
*La conversación fue de esta guisa:
Io: ―Hola, er, vas a pensar que estoy chiflado. Me pareces muy guapa, sólo quería decir eso.
Ella: (Risa nerviosa y sorprendida).
Io: ―... hasta luego.
La autosugestión viene a ser una forma avanzada de hipocondría, la capacidad de convencerse a sí mismo de algo que se sabe irreal. Creo que es imposible conseguir tal cosa, con la excepción de desarrollar un trastorno mental. Por mucho que uno quiera ver o quiera negar algo, en su fuero interno sabe lo que está haciendo.
Y sin embargo, hay otra excepción: la debilidad de la consciencia. Si se lograra un estado tal que la mente estuviera activa, sensitiva, como para poder generar y percibir estímulos, y a la vez confusa y desorientada de manera que no pudiera reconocer esos estímulos como propios, se podría conseguir.
Los sueños son algo parecido, pero en cierta manera, insípidos. Si sueño que pongo una mano sobre el fuego, sé que noto el calor abrasador, el chisporroteo, el humo... como si lo estuviera leyendo. Los sueños son relatos, no sensaciones. Al menos en mi caso.
Aquí entra la excepción: Hay un estado a caballo entre dormido y despierto, nebuloso, brumoso, mareado. Y en este estado, opino, sí es posible sugestionarse y mucho.
Un sueño recurrente de servidor consiste en estar subiendo unas escaleras y tropezar. La sensación, la realidad del entorno onírico es tan vívida que me muevo realmente para evitar la caída. Entonces me despierto.
Esta noche he tenido otro, también recurrente, pero ahora en este estado. Tras unas vicisitudes, un monstruo (parecido al engendro híbrido de Alien resurrección) me clava un aguijón venenoso bajo la mandíbula. Esta noche he sentido perfectamente el pinchazo, primero agudo aunque leve; luego el monstruo dirigía su apéndice hacia algún punto vital, un buen sitio donde descargar la toxina. He sentido el aguijonazo mucho más grave en algún nervio de la boca. Me he sentido desfallecer, y he expirado. Sin embargo, este último aliento, en una poética paradoja, me despertó.
Otro caso, otra línea: Hace unas semanas tuve (gocé) un sueño erótico de tal intensidad que me despertaron las convulsiones previas al orgasmo. Sin tocarme. Sin hacer nada. Y por supuesto, un orgasmo de verdad, no poluciones nocturnas u otras cosas.
El problema de este estado intermedio, es que las impresiones de determinada intensidad hacen que me ponga alerta, con lo que salgo del estado y se termina el efecto. ¿Pero qué pasa si no se alcanza esa alerta? Sé positivamente que es posible completar ese orgasmo en sueños. Así que, ¿podría matarme realmente un monstruo irreal?
Esto me recuerda el experimento del preso desangrado, aunque ignoro qué credibilidad tiene. No me gusta hablar del "poder de la mente" en ese tonillo esotérico que abunda por ahí, pero no puedo negar que "algo" hay.
Y de aquí a debatir sobre la realidad, un paso.
P. S.: Y la noche anterior descubrí al final de otro sueño que cierto amigo es un servidor del Maligno. No os fieis de nadie. ¬¬
Con esa cita de una copla infantil comienza la novela célebre de Ken Kesey. Este señor, estadounidense, nacido en 1935 y muerto hace seis años, fue voluntario en las pruebas del gobierno sobre las posibilidades terapéuticas de drogas psicodélicas como el LSD, la mescalina, marihuana, anfetaminas... Estas pruebas se realizaban en hospitales psiquiátricos, escenario que utilizaría para su obra. Además de escribir, el señor Kesey tuvo variada descendencia, vivió en autobús de colores y fue uno de los adalides de la contracultura, el underground, el movimiento hippie y esas cosas. Bien, al tema. Lejos de lo que pudiera parecer, Alguien voló sobre el nido del cuco no es una paja mental de un yonki. Como buen escritor primerizo y libre de prejuicios, Kesey habla de lo que quiere hablar y no se entretiene en detalles accesorios. En principio, la novela cuenta la historia de un grupo de enfermos mentales internados en un manicomio, al que llega un nuevo y conflictivo paciente. Con más detalle, Kesey cuenta cómo un grupo de inadaptados bajo tratamientos aún más inadaptados se redecubren a sí mismos a través de y gracias a un rebelde sin causa que se opone a los ineficaces y en verdad burdos tratamientos del manicomio. Y con más detalle todavía, es un retrato del peso de la sociedad en las voluntades no muy fuertes, de cómo el afán por la taxonomía, el orden, la pulcritud, mata la libertad y margina a los individuos de horma diferente, y de cómo uno puede y debe dejar de apartar la vista y pelear por su propia dignidad. Sí, ya, un hippie colocado escribiendo contra las normas. Menuda sorpresa. De nuevo las cosas no son tan sencillas y el libro no es un folleto. En absoluto. Sin alardes ni consignas adolescentes ni universitarias, Kesey explica suave y coherentemente sus teorías. La historia está impregnada de un suave romanticismo oscuro y urbano, que resulta, en fin, en el ideal hippie lejos de la estulticia típica y las aes de anarquía. Pero, insisto, el libro no es un folleto. Uno lee, y piensa, y comprende, y simpatiza. La prosa de Kesey es correcta y funcional. La historia se desarrolla además a través de uno de los pacientes, el inefable Jefe Escoba o Jefe Bromden. Mientras que algunos de los pacientes parecen locos normales (aquellos de quien Bromden no conoce mucho), otros cuyas circunstancias sí conoce son descritos como gente con su particular problema, como él mismo, que intenta superarlo donde se supone que se superan esos problemas. Hay personajes variados y complejos. Ninguno peca de irrealidad. Lo que pudiera parecer heroísmo fantasioso en McMurphy es llana camaradería y una retorcida moralidad teñida de egoísmo. Lo que pudiera parecer la maldad malísima en la siniestra Gran Enfermera, es llana obsesión y una retorcida inadaptación teñida de psicosis. Todos (o casi) son raros, pero coherentes y creíbles. El libro tiene momentos geniales y un amplio espectro de humor. Desde la sonrisa leve, al gesto lento y malicioso, a la carcajada. Hay situaciones realmente divertidas y otras realmente lamentables y patéticas. En ambos casos, el Jefe observa y, como observador, se limita a contemplar y no a describir para los lectores los detalles efectistas, cosa que se agradece. (A propósito del humor: Uno de los pacientes, el señor Harding, es genial y brillante. Desde discursos desquiciados a una o dos palabras asesinas, sus intervenciones suelen ser memorables. Su picardía y sarcasmo y su notable erudición (y mordacidad) son una baza que deberían copiar muchos humoristas). Una novela más bien dura. Invita a pensar y plantearse (¿o replantearse?) cosas. Trescientas paginillas que merecen ser leídas. He dicho. P. S.: Vi la película antes de leer el libro, pero no fue grave. La cinta por sí sola es buena, y como adaptación de la novela también resulta interesante. Aunque se pierden muchas cosas y por momentos se convierte en un enfrentamiento casi vulgar entre el bueno y el malo, con todas sus licencias y cortes mantiene bastante bien el tono original. Añado: He aquí el comentario de agente_naranja sobre el mismo título.
one flew over the cuckoo's nest.